125 años antes, nacía un ser sobrenatural.



A veces suceden cosas sobrenaturales. Aun en lo más profundo del mundo real. En este mismo momento, mientras mis dedos bailan estas líneas, siento que hace meses que todas las acciones se dirigen irremediablemente hacia este momento, como en caída libre, como una consecución infinita con destino al ahora; con destino al relámpago iluminante, reflejado en nubes rojizas que acaba de distorsionar los colores de mi cielo.
Empecemos por una máquina de escribir algo antigua, guardada durante años, y desempolvada por una mujer, para ponerla en mis manos. Sigamos con un equipo de sonido, capricho invaluable de un momento desconocido, atravesado por una circunstancia llena de amistades ahora ausentes. Después vino un cambio de hogar, caótico y necesario, lleno de contradicciones intelectuales y emocionales, llenando todos los rincones de preocupaciones infundadas, y yo, aun, sin comprender el desencadenamiento de todas estas acciones.
Ya en el nuevo hogar, un cambio de orden. Una ventana hermosa, y el momento de iluminación en el que, juntando todas mis escasas fuerzas, coloqué el pesado escritorio frente a ella, y llenándolo todo de sonidos tenues, apagué la luz.
Un mar de nubes.
El más maravilloso mar de nubes, y pequeñas estrellas terrenales debajo, en los perfiles lejanos de los edificios, cual mar de cabeza y barcos a la deriva. Una brisa cariñosa, ni muy fría ni muy cálida, besó mi cuello y se acomodó en mi cama, detrás de mí. Los últimos acordes de una canción perdida me sonrieron, y supe que era este el momento sobrenatural que venía construyendo.
125 años antes, nacía un ser sobrenatural.

 13-06-88
13-06-13

Oruga - Crisálida - Mariposa

Mutar es bueno.
Es una realidad ineludible.
Con esta realidad me estoy refiriendo a la cualidad bondadosa de la mutación, y no que el mero hecho de mutar sea ineludible. Que quede claro que la parte importante es realidad, y no ineludible. Eludible es todo, en mayor o menor medida.
No, no voy a hablar de la muerte ahora. Igual todos sabes que creo que la muerte es eludible también; pero no viene al caso, ya que no voy a hablar de la muerte.
Mutar es bueno.
Por eso no voy a hablar de la muerte.
Por eso es que, después de varias deliberaciones muy breves, decidí que la libre escritura puede ser una forma de literatura válida, que la sencillez de la narración en sí no dota de valores negativos, ni reprime ni reprende a la buena literatura. Es sólo una forma de ella, que toma sentido en la viva voz, en el cuento cotidiano, rozando, casi, casi, la anécdota elocuente, y el tan subestimado stand-up.

...sería terrible que volviese a mencionar la muerte...

De todos modos a veces mutar muy rápido es como estornudar. Uno no sabe muy bien qué está pasando en ese pequeño momento.
Y que las cosas adquiera y pierdan peso con tanta facilidad no debe ser bueno; la vida podría estar teniendo un problema de metabolismo. Por todo eso es que nos estamos yendo a la mierda. Y a la vez no, porque no sé los demás, pero a mí me está empezando a gustar el jueguito este de la vida.
No, obvio que no estoy hablando de "Life, el juego de la vida".
Por eso, no hay que mutar tanto. Hay que vivir el momento, bailar el baile, hacer la torta, porque después ya no se puede.
Y que no se pueda es tremendo, porque termina en:
a) ridículo,
b) vergonzoso, o
c) perverso.
Como los viejos verdes, o las pendeviejas.
Hay que hacerlo por el placer del viaje, por el quilombo, por no despertar pensando en la rutina.
Hay que hacerlo para no envejecer.

¡Tomemos decisiones estúpidas!
   (Porque solo ahora podemos)

Su corresponsal favorita,

M~

Su piel

¿Su piel? Su piel fue un tesoro. Suave, tierna, cálida. Cada una de sus imperfecciones era una sorpresa exquisita para mis dedos. El roce etereo que me hacía estremecer. Y luego, el aire infinito. El vacío. Muchos brazos se extienden, muchos hombros, pechos, se prestan, valientes, austeros y generosos; y están impedidos. Mi piel se fue con la suya, enamorada eterna, fundida. Y a los demás los vemos, los oímos, los olemos, los gustamos, los sentimos. Y si ya no puedo sentir, ¿para qué oler? Si ya no puedo sentir, ¿para qué gustar? El resto se transformó en meras máquinas orgánicas impersonales. ¿Qué hacer sin piel?, ¿Dónde está el resguardo?. ¿Por siempre vulnerable rondaré? Mil pieles que no puedo tocar, que no puedo sentir; cederá tu maldición o vagaré insensible.

Carta nº 48

Es el final.
Ya no voy a escribirte. Simplemente, no hay más qué decir.
O sí, pero no quiero resultar equívoca. Mis palabras no son vagas.
En vano reúno estas cartas, por si algún día te quedan preguntas sin contestar.
Se cumplen 7 años de historia.
Hasta la próxima.

Carta n° 47

Te desprendiste.
Caíste seco a un lado. No sé aun por obra de quien.
Nemesis espejo natural que te expulsa del cuerpo, de tu cuerpo, de una entidad ya extraña.
Tal vez sea hora de aceptar lo que siempre fue. No mucho más que lo de siempre.

Un desprendimiento natural.
Un parto?
Un parto.
Con cierto amor, sin culpar al dolor, y por un nuevo comienzo.

De Historias y Leyendas

Hay historias que se ocultan detrás de relatos inocentes. Y abundan de esas entre las leyendas de la gente que en otra vida habitó estas montañas.
Cada piedra es testigo. Cada rasgo natural habla de una raza o de un pueblo.
Jamás comprenderemos del todo a la gente del pasado, gente que vivía entre las piedras y los arbustos, sobreviviendo.
Ellos al menos sabían lo que hacían. Y sabían por qué hacían lo que hacían; al menos esa impresión me llega de sus historias. No veo el derroche, ni la ostentación.
Entre estas leyendas, y horas de contemplación, comencé a cumplir una meta personal, respecto de las leyendas de los pueblos antiguos, y el descubrir su real mensaje.
Un sabio me dijo una vez que la “gente de la naturaleza” sabía muchas cosas que hoy desconocemos. Que mucho de ellos portaron esa sabiduría hasta morir, y muy pocos la transmitieron. Los más ancianos se negaban a enseñar, porque sabían que el género humano no estaba listo para hacer uso moderado, respetuoso y consciente de ese conocimiento, ese poder.
Pero de esos tres preceptos, los jóvenes de los ancianos que sí impartieron la sabiduría, erraron en aprender la moderación, y guerrearon a sus hermanos de raza. Y mirando a sus hijos a los ojos, con lágrimas, sabían cuándo no iban a regresar. Cuando veían ese rostro de muerte se apresuraban a contar los secretos de la sabiduría a sus hijos, sabiendo que no serían ancianos, pero tal vez sus niños sí.
Y los pequeños fueron criados por los ancianos en ausencia de sus padres, y se les enseñó a crecer sabiendo. Un modo de madurar tan complejo que esos niños, una vez crecidos no le desearon lo mismo a sus hijos, y así, llegamos a aquellos genios de las palabras que dosificaron la sabiduría en cuentos para que el conocimiento no pesara en sus hombros, y la responsabilidad fuese más natural. De allí, una responsabilidad hecha instinto, parte de su esencia, y luego, nacería el miedo, que atraería el silencio. Y la magia en las historias se perdió en la inocencia, en la sencillez.
Los ancianos lograron su cometido. No estamos listos para la sabiduría y solo vemos el entretenimiento.
El sabio me contó esta historia porque yo pregunté demasiado, y dudé de la sencillez de las leyendas.


(Incompleto)

Carta nº 46

Marzo 2011

Es un juego eterno. Tiramos un dado, avanzamos un casillero; tiramos un dado, retrocedemos dos. Cada cierta cantidad de jugadas, caemos en el mismo casillero. El mundo, fuera de esa burbuja, se despedaza.
Una mirada atraviesa el espacio, ignorando luz, movimiento, objetos, gente. Una mirada que atraviesa el caos circundante para dar con tus ojos. Porque no hay más; en ese casillero solo estamos nosotros.
A veces creo no entender cómo hacés para sentirlo, pero se me demuestra que lo sabés, igual que yo. Y es por eso que después de un mes de haberte creído erradicado de mi mente, lo invadís todo, como una plaga que no bien toca la superficie se expande a gran velocidad. Llegaste tan profundo, hasta mi sueño, otra vez.
Y ahí te quedas, obstinadamente sonriente, espantapájaros sin cerebro.

Tesoro

"Circulan miles de historias sobre un tesoro, durante muchos años codiciado por hombres de poder. Muchos caza-recompensas, muchos hombres de valor se han perdido en su búsqueda.
Yo, Jeremiah el sabio, lo encontré.
Al momento en que escribo esta carta, tengo ya más de ochenta años. Empecé mi búsqueda cuando era un pequeño, con la fantasía de convertirme en un gran hombre. Ya no sé qué llenaba mi mundo antes de ello.
No puedo explicar la emoción que sentí cuando finalmente lo hallé, aunque supongo que si tú, lector, tienes en las manos esta carta, habrás sentido lo mismo.
Sería un placer hermoso poder ver tu rostro cuando lo veas"

El tesoro resalta en la habitación. Es un hermoso baúl de madera, con refuerzos en oro, y decorado con los más hermosos labrados y las piedras más brillantes. Descansa sobre un pedestal decorado en sus cuatro lados por escenas, de las que no se termina de entender la representación.
Al abrirlo, se sorprende uno de ver su contenido. Hay varios papeles, que al observarlos en detalle se descubren como cartas, dibujos, retratos. Hay varios más pequeños; boletos de viaje, entradas a espectáculos, y pequeñas publicidades. Un mazo de cartas, dados, una foto. Algunos amuletos extraños, y un reloj. Pequeñas estatuillas en escala, de diferentes monumentos, de distintas personas. Unos libros, unos discos. Dos anillos y un colgante, que, aunque parecen de oro y plata, no son mucho más valiosos de lo que puede ser cualquier otro que tengamos. También había un espejo.
Solo eso se halló en el baúl. Y en el fondo, otra carta.

"Viajero, te habla de nuevo Jeremiah el sabio. Este es el preciado tesoro que muchos hombres han codiciado. Era de una persona cuyo mayor deseo, era conservar su memoria, los recuerdos de su felicidad.
Yo pasé mi vida buscando los recuerdos de alguien más, y descuidé los míos."


Agosto 2010

The Madman

(Ya no lamemos las heridas.)

Soy un fantasma.
Mil cien días que se arrastran.
Un ser marchito
que una mujer desvaneció.

Soy una tumba.
Un silencio, un momento.
Un mirada fija y lágrimas que se evitan.
Un último adiós.

Soy un fugitivo.
Un ojo ciego, un rastro de polvo.
El predador de las bestias.
El que quita la corona al león.

Soy un asesino.
Un solitario que vive de prestado.
Una máquina de precisión.
Y el cigarro en la esquina de la sucia ciudad.

Soy un olvidado.
Un café frío entre papeles.
El libro más largo del mundo.
Y el único que esas tres niñas pueden ver.

Carta nº 45

Febrero 2011

En un día que no existe, no te puedo decir todo; no te puedo decir nada.

Carta nº 44

Enero 2011

Como el mar.
Violento y hermoso. Profundo.
Se aleja y arrastra todo. Te hunde.
Vuelve a golpearte en un abrazo inmenso. Te llena, te cubre.
Va. Viene. Se aleja, vuelve a uno.
Y cada vez que lo hace, lo hace de manera única.
Lo hace de una manera pasional.
Es transparente, o la furia lo revuelve.
Así mismo. Vos.
Como el mar.

Probablemente...

Hoy perdiste algo precioso. Probablemente nunca te des cuenta.
A cada segundo millones y millones de chances tienen su oportunidad de hacerse realidad, y probablemente las ignores todas.
Todos los momentos de nuestra vida están llenos de momentos mágicos que tenemos que cazar al vuelo, y saborearlos, compartirlos, y hacerlos historia. Probablemente no me creas.
Cada beso, cada sonrisa, cada caricia es única; cada vez que cazamos un arco iris, una tormenta, un color, es irrepetible. Probablemente no lo sepas.
Tal vez recuerdes una tarde de playa, tomado de mi mano y una bandada de gaviotas sobre nuestras cabezas. Probablemente guardes en tu corazón algunos momentos que se resisten al olvido. Es posible que me equivoque.
No creas que soy pesimista. Solo huelo tu miedo.

Carta nº 43

Diciembre 2010

Confusión.
Una rebeldía ciega a no se sabe qué.
Sentimientos contrapuestos. Ganas de... ganas de algo que no se deja reconocer.
Pieles y voces mezclándose en mi; no me dejan pensar. Una de ellas me da la respuesta.
La respuesta en versos extraños.
No tengo mucho más que decirte esta vez. No sé qué decirte esta vez. Así que te dejo los versos que hablan por mí.

I Saw the gap again today
While you were begging me to stay
Take care not to make me enter
If I do we both may disappear

Know that I will choke until I swallow...
Choke this infant here before me.
What is this but my reflection?
Who am I to judge or strike you down?

But you're
Pushing me, shoving me
Pushing me, shoving me
Pushing me, shoving me
Pushing me, shoving me

Pushing and shoving me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me

You still love me
You still love me
But you didn't think, pushit on me
You still love me
You still love me
But you didn't think, pushit on me

Rest your trigger on my finger,
bang my head upon the fault line.
You better take care not to make me enter.
'cause if I do we both may disappear.

But your
Pushing pushing me
Pushing pushing me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me!

You still love me
You still love me
But you didn't think, pushit on me
You're pushing and shoving me
pushing and shoving me

I'm slipping back into the gap again.
I'm alive when you're touching me,
Alive when you're shoving me down.

But I'd trade it all
For just a little
Piece of mind.

Pushit on me
Pushit on me
Pushit on me
Pushit on me
Your pushing and shoving
And I'm scrambling
To keep my feet flat on the ground.

I am somewhere I don't wanna be. Here.
Push me somewhere I don't wanna be.
Put me somewhere i don't wanna be.
Seeing someplace I don't wanna see.
Never wanna see that place again.

Saw that gap again today
While you were begging me to stay.
Managed to push myself away,
And you, as well...my dear.

If, when I say I might fade like a sigh if I stay here,
You minimize my movement anyway,
I must persuade you another way.

Pushing and shoving and pushing, shoving me.

There's no love in fear.

Staring down the hole again
Hands are on my back again
Survival is my only friend
Terrified of what may come.

Remember I will always love you,
As I blow your fucking throat away.
It will end no other way.
It will end no other way.

Tuya,

M~

Carta nº 42

La carta llegó como Noviembre. Simplemente llegó. Un día no existía, al otro día estaba allí, tímidamente asomada a la vida.
Es un noviembre extraño.
Se siente casi como madurar.
Te extraño este noviembre más que otros, porque te extraño a conciencia. Extraño charlar con vos, extraño tu risa. Extraño la forma en que miras. Sí, así como lo digo. Extraño oírte tocar, oírte cantar bajito. Extraño las charlas en la cama, los cafés en la mañana, y los besos robados al pasar.
Extraño todo lo que te convierte en vos.
Y se convirtió en algo raro todo esto. Es distinto, de alguna manera. Hasta siento que las lagrimas se me caen, y las cargo con cierta... dignidad.
Reemplacé el sentimiento de vulnerabilidad por una cierta esperanza vaga, un sueño mentiroso, un "alguna vez". Porque después de todo, ¿quien sabe?
Y no hay mucho que decir para un Noviembre que llegó y se fue, casi que se escapó. Así que no voy a decir mucho, porque "extrañarte" es un verbo pronominal que tiene una letra más que Noviembre, así que resume mejor.
Algún día nos vamos a sentir menos solos...

For every heart there’s a spell
And for every blind man, a heart
Cause every spell is made of love
And love is a way to feel less alone

M~

Post Scriptum: Sigo sin poder terminar la novela para vos...

Carta nº 41

Octubre 2010

Esta carta es inesperada. Hace 11 meses que se puso el punto final y se levantó el lápiz de la número 40, y en ese momento, no imaginaba que iba a ser la última. Lo fue por algún tiempo, al menos.
Qué extraño el sucederse de los hechos. Qué inesperados, mas felizmente recibidos. De ahí que esta carta no sea bienvenida, y, aunque inesperada, un tanto planificada.
Hace semanas que sé que este es un paso necesario de alguna manera, para esta prueba. Pero después de 40 cartas interrumpidas, ¿a quién no lo consume cierta resistencia al inevitable hecho de que es tiempo de una nueva?
Es un nuevo octubre, es un nuevo tiempo; un momento, solo espero.
Como alguna vez te dije, pasa el tiempo tras tu ventana, y las letras siguen siendo solo letras. Y agrego ahora, ¡tan cambiadas!
Y es que... es difícil empezar otra vez. Hay un sentimiento de desolación que no es el mismo, una resignación vaga. Hay mucha duda, y durante el último mes, mucha inacción. Porque es un misterio lo que vendrá, pero enmarcado en ciertos parámetros.
No puedo refugiarte ya en la muerte. No puedo ya evitarte. No puedo, más aun, justificar.
¿Entonces, qué queda?
¿Esperar que la ventana estalle, que una nueva profilaxis se rompa?
Hay muchas certezas que reniegan de esta carta, y se clavan en alguna carne débil.
Hay un amor torcido. Hay encuentros, hay cierto entendimiento mudo. Un demonio ciego, sordo y mudo, que se llama a sí mismo "nosotros"
Fueron 11 meses de aprender. De responder a todas las preguntas de las 40 cartas anteriores. De recuperar, de construir, de descubrir, de destruir. De olvidar.
Y ahora no se puede decir de qué es tiempo. Esta vez lo voy a afirmar: no sé si habrá una carta 42, o si esta vendrá dentro de más tiempo. La sola existencia de ésta habla de las contingencias del tiempo. De una molesta incertidumbre, como castigo a todo lo que me sosegué. Es tiempo de entregarse a ello, tal vez.
Y cada día que pienso, saco una conclusión distinta. Debe ser eso. Cada día me despierto pensándote, como en cada carta, pensando en cada beso. Y es que pienso que debe haber algo especial que crea esto. Y tampoco puedo entenderlo.
No me queda mucho por hacer, más que agradecer estos 11 meses, y ver qué sucede, ser ese testigo que soy para todo en la vida, y soñar.
Al menos ahora sé que no estás muerto, y cada tanto, me contento con verte sonreír. Y todo eso, para mí, es un milagro.

El Círculo (Delirio)

Miró el círculo perfecto sostenido entre el pulgar y el índice. Tan pequeño…
-¿No hay retorno después de esto, cierto?
Una sonrisa que flotaba en el aire se amplió tentándome. Pronunció una pícara negación.
Puso el círculo tapando la luz de la sucia lamparita que colgaba de sus cables.
Una línea infinita; no hay comienzo, no hay final. Una figura perfecta. No había vuelta atrás. Un inicio que solo se reconocía antes de ella, pero que luego se desdibujaba en un espiral de delirios, de pasos, de agujeros de gusano. Una nueva visión del tiempo.
El círculo se hizo uno con ella.
Por un momento todo estuvo bien. Todo su mundo siguió igual. Era la despedida.
Pero en cuánto traspasó esa puerta, nada fue lo mismo. La música enturbiada explotó con detalles y colores. Estaba dentro, y estaba afuera. Estaba en todo. La penumbra no dejaba que viera colores, pero sabía bien que le hablarían luego de otras realidades.

"Llevada por un interés igual hacia todas las cosas que cruzaban mi vista, llegué a una galería. Era un pasillo que daba al patio, donde había unos sillones, pero también había vidrieras. Me senté en el sillón, y al lado mío, se aparició un hombre de barbas blancas y enruladas, vestido con una túnica. Estuve a punto de apelar en contra de su estilo, pero al mirar alrededor, no encontré mejores ejemplos del buen vestir. Eso también había desaparecido. Así que solo le sonreí, como para iniciar una conversación. No estaba segura de poder hablar, y tampoco era buena iniciando conversaciones.
-Yo soy Tiresias- dijo. –El delirante.
Estuve a punto de reírme, pero, ¿qué le iba a decir? Éramos todos así…
-No, - me dijo. –Soy un delirante con muchos años de experiencia. No me hice de una reputación para que llames delirante a cualquiera que pueda liberarse de sus sentidos.
Lo miré como si fuese muy importante lo que decía, pero en verdad, habían sido solo sonidos que se unían con la música del futuro.
-¿Te acordás cuando me acompañaste a ver al osado viajero? El que sostenía la espada sobre la sangre y me pedía respuestas a preguntas que estaban en su cabeza.
-Claro… Y después la horda de mujeres llorosas…
-Claro. Soy un delirante. Puedo ser partícipe del pasado, presente y futuro, en una acción.
Me levanté y fui a buscar algo. No sé qué. Había muchas puertas, y en la primera que abrí, había un aire fresco, y luz del día. En un escritorio, un hombre de grandes bigotes leía unas notas. Me invitó a pasar con un gesto, y me senté en uno de los sillones de cuero marrón.
-Psicosis. – dijo, asintiendo exageradamente con la cabeza. –Una confusión mental. ¡Incongruente!, ¡Incorregible!, ¡Inadecuada!
Y eso fue más de lo que podía manejar. Así que me fui, así como había llegado. Y seguí por la siguiente puerta. Esa sí que me sorprendió. Estaba la sonrisa voladora de nuevo, dando vueltas alrededor de una estatua de mi persona. En cuanto me acerqué, comenzó a caerse en pequeños pedazos. Con cierta desesperación empecé a sostenerla, pero lo único que hacía era poner mis dos manos sobre la cara. La sonrisa mostraba sus dientes y reía, y todo parecía un remolino que subía y que bajaba pero no dejaba de girar y girar. Por ese momento recordé el Maelstrom, y si cerraba los ojos podía sentir el agua y el viento pegando en mi cara; seguía sosteniendo la otra cara, por las dudas.
Cuando paró, pude ver que la cara estaba intacta. Mi plan había funcionado. Pero no. La cara ya no se parecía a la mía. Apareció detrás el hombre del bigote, y giró observando la escena como si estuviese en un museo.
-Es un claro mecanismo de defensa frente al derrumbe de la estructura del Yo. Pero ya no tienes identidad.
Me dio un pedazo de plastilina, y se fue caminando por un rincón donde parecía haber un jardín. Lo seguí, con intensión de ver de qué se trataba la masa. La estatua cayó, y se hizo pedazos en el suelo, que quedó lleno de cubos de azúcar, de los que nunca había visto.
En el jardín había agricultores. Había surcos, de los que se hacen para sembrar, pero todos los hombres allí presentes eran en realidad maníacos con camisas de fuerza que pisoteaban los montones de tierra y corrían en sentido transversal a los surcos, tropezando, llenándose de barro y babeando fuera de sí.
No. No quería estar allí. El hombre del bigote parecía disfrutarlo. Cuando me estaba yendo, se acercó de nuevo a mí y algo extraño sucedió. Su rostro comenzó a cambiar, como si fuese de goma, pero más líquido. Lo único que permanecía en su lugar, era el bigote de cepillo, lustroso, que dejaba distinguir cada vello como uno grueso y liso. Se aclaró la garganta, haciéndome notar que no era agradable estar mirando su vello facial con tanto interés. Pero entonces era otro. Uno de rostro divertido.
-Soy justo lo que necesitas. – dijo. Se le patinaban las erres, no sé si porque era francés, o porque… porque sí. Pero no había dicho ninguna erre…
-Justo por eso. Hay que aprender el lenguaje adecuado. –dijo, para mi sorpresa.
-¿Qué pasa acá?, ¿Acaso todos pueden leerme la mente? – pregunté indignada.
Todos los que estaban en el lugar señalaron mi cabeza. Sobre ella había un cartel con luces naranjas, en el cuál iba pasando todo este relato.
Basta, basta, basta. Nada de leer mis historias. Nada de contar mis historias.
Me subí a un auto que me llevó por un camino. Mi vida pasó frente a mis ojos, como le pasa a los que están muriendo.
Yo sabía que no era así. Estaba pasando al otro lado.
El túnel con la luz, y todas las imágenes de tu vida compaginadas en un moderno corto, son lo mismo que el delirio. Ambos sirven para pasar al otro lado."

M~

Tributo a Cortazar

Breve respuesta al capítulo de Rayuela donde la maga escribe a Rocamadour. Hecho para el taller literario :D


Mamá, mi linda mamá, en el espejo, mamá:
Ahora soy yo el que está en París. Tu Rocamadour en París, mamá. Y vos en el Uruguay, con un hombre, o con Perico, o con Horario, o con otro. Tal vez ellos no tengan frío, pero yo pasé ya muchas noches sin mi mamá en el espejo para que me abrigues.
No escribo para que sepas de mí. No escribo para decirte que estudio, que tengo novia o que me mudé a un lindo piso del Boulevard Saint Germain. No escribo porque me aburría de mirar una pared pintada de beige, ni un piso con baldosas cuadraditas blancas, negras, blancas, negras, blancas, negras, blancas… No sé por qué escribo. Acá en París todos escriben, o hacen como que escriben. Te miran de reojo para ver si los espias, y ponen caras de inspiración, o de complicación, o de constipación. Otros hacen que pintan. Manchas y manchas y manchas, y si no te gusta te dicen que es el fondo. Yo no hago nada de eso mamá. Rocamadour no pinta, y solo escribe a mamá.
La gente afuera se cubre las orejas con pompones. Dicen que es para pensar mejor. Yo creo que es por el frío. A veces se hacen los ahorcados con unos echarpes y esconden las manos como si hubiesen robado manzanas. Las narices no dejan de llorar dondequiera que vaya. Yo creo que es por el frío. Las bocas se prenden fuego y largan un humo largo cada vez que hablan, o se saludan. No lo pueden ocultar, y por eso suspiran, y más humo se escapa. Yo creo que es por el frío.
Por las noches, mamá, me gusta sentarme en la puerta de un museo y mirarlo apagado. Solo y abandonado por sus fieles. A Rocamadour le gusta el museo, aunque se siente un poco tonto cuando se ríe de algún garabato y la gente lo mira mal. Por eso me gusta por las noches, mamá. La gente no se ríe de mí cuando me río de los dibujitos. Cuando el museo está solo me parece distinto. Es como más mi amigo. Y está solito, así que no le importa si me río de sus dibujitos.
En el bar también hay muchos hombres con caras serias. Hablan con palabras difíciles, tuercen las bocas y fruncen el seño. Discuten y discuten. Yo les tengo respeto. Seguro que deciden cosas importantes. Siempre toman cosas fuertes. Y terminan gritando. Hablan un poco más fuerte que el que habló antes, y terminan gritando. Al final, mamá, se sujetan las manos, las sacuden, y se van.
Esos son, mamá, los mismos hombres que después se vuelven malignos, y me aumentan los precios. Me tuve que ir del piso de la Rue Richer, que era tan lindo con esa ventana con marquitos de angelitos. Me tuve que ir y ahora extraño los pisos con maderitas, y a la vecina con manos de papel que hacía facturas. Me llenaba la cocina de olor. Si venía alguien pensaba que tu Rocamadour era un excelso cocinero. Me tuve que ir porque el dueño se puso furioso por una alimaña entre la escalera y el ascensor. El mismo día prendió de la puerta una cartulina roja, y con una fea letra marrón, escribió algo así como que subían los precios. Eran unos números de los que ya no te reís, cuando hay que contar billetes.
Entonces mamá. Entonces no sé si me voy a quedar acá. A lo mejor mañana escribo de nuevo porque me olvidé de lo que hice hoy. Tal vez esta noche haga una sopa de hongos de una receta que me dio el celador. Capaz que vaya a la cafetería a ver a las muchachas que sirven el café. Es probable que mire y cuente los granitos de la pared. Hay posibilidades de que me envuelva en una frazada y me haga un gusanito, o que hunda en el espejo esperando ver a mi mamá, a vos mamá.

Llorar a tus muertos

Aquí tenemos un rejunte de ideas sueltas que uni para un concurso de escritos temáticos para un grupo en DeviantArt.

A veces quiero creer que todo esto es un sueño.
El cielo se cae a pedazos afuera,
pero es solo una imagen que no me toca.
El frío, la lluvia helada, el viento,
pasan lejos de mí, y me tienen sin cuidado.
Aun si estuviera en el medio de la tormenta,
mi piel desensibilizada y mi indiferencia,
harían que no me molestara.
Sé que nunca me vas a extrañar.
Sé que nunca me vas a mirar a los ojos y decirme que me amas.
Sé que suena desgarrador y dramático;
simplemente estoy tratando de acostumbrarme.
Sin embargo, yazco aquí a tu lado,
mirado tus ojos mudos, tu cuerpo frío e inmóvil.
Solamente a veces me pregunto cómo llegué hasta aquí.
Así que salí de este cálido y húmedo nido,
como un vientre materno,
para dejarte allí.
La realidad es oscura y triste a veces,
pero no por ello deja de ser real.
Sigo repitiendo mi promesa:
"Muerto aun me tendrás,
mirándote, buscándote,
oyendo tus súplicas casi mudas en la noche,
o haciendo que tus risas se silencien súbitamente."
Pero ahora entendí lo que me querían decir.
Ahora sé por qué es necesario llorar a nuestros muertos.


M~

Ojos

Distancia casi ilimitada, más de 180º de amplitud, tridimensionalidad, espectro de colores muy amplio.
¿Para qué? Para vernos a nosotros mismos. Para ver lo que nos va a rodear, lo que nos va a afectar, lo que nos va a cambiar.
Vemos un mundo de nuestros ojos para adelante. Lo que nos rodea, con nuestra existencia como eje. Nos apropiamos del mundo, y hablamos de nuestro tiempo, nuestro espacio, nosotros. Un nosotros en el que cada uno sabe que no hay lugar para uno más. Un nosotros porque está en todos, pero en a individualidad.
Si hay algo que como género humano compartimos es el egoísmo. Está en nuestra naturaleza; es parte de nuestra esencia, desde que construimos el Tu a partir del Yo.
Somos incapaces de ver más allá de nosotros hasta que el otro no se interpone, no nos afecta. No oímos los gritos pidiendo ayuda hasta que no nos sorprende el disparo; no vemos el esfuerzo y el amor hasta no sentir otros labios en los nuestros.
Por eso queremos y no queremos contacto humano. Porque nos despierta. Porque mata al mesmerista. Porque rompe los péndulos que nos alienan. Marcan el Tu, el El, el Ella, el Nosotros. Queremos y no queremos.
Cada vez que soportamos una muerte, hay un otro que no soportó la vida. Cada vez que resistimos un cambio, hay otro que necesita cambiar. No estamos solos. Pero no pudimos verlo. No pudimos atender al llamado.
Distancia casi ilimitada, más de 180º, 3 dimensiones, millones de colores.
Vidrios y plásticos para ver más.
Pero no necesitamos ver más.
Necesitamos ver mejor.

Historia de una persona que ve otras cosas

El viento silbaba espeluznante, semejante a mil fantasmas en una carrera. El frío helado se colaba en cada rincón, paralizaba el cuerpo y casi que quemaba la piel; costaba respirar ese aire que entumecía.
Mientras caminaba por las veredas desiertas, tratando de no resbalar por la humedad que dejaba la helada, los árboles se sacudían violentamente; crujían produciendo una especie de gruñido. Se quejan de los fantasmas que se mezclan entre sus ramas, que molestan sus hojas, me expliqué.
El cielo estaba marcado por numerosas cicatrices de nubes, en distintas direcciones, y lucía un color amarillento muy peculiar. Varios libustrines me saludaron al pasar, y cuando volví mismos ojos al cielo, noté lo extraño.
El Sol, que apenas si dejaba notarse como una mancha levemente más brillante, estaba cubierto por un inmenso halo negruzco que lo atenuaba y enmarcaba dentro de un campo más amplio, cuyo límite era un arcoiris de colores lavados, que separaba ese círculo oscurecido de mal presagio, cual moneda cósmica que tapa el Sol, del cielo ambarino.
Durante un instante me quedé tieso, no con miedo, sino con un sentimiento de suspicacia, o como si algo estuviera fuera de lugar; como si hubiese olvidado algo, o como si estuviera siendo observado. Volví a mirar el cielo, esperando que, de algún modo, me dijera que era todo una broma. Pero la apocalíptica aura seguía allí. El color bilioso se escurrió por mis ojos, alcanzando mi cerebro, haciendo su magia. Llevó hasta allí el recuerdo del azufre.
Una señal aguda me sacó de mi alienación. Un monstruo, amarillo también, rodando por el negro asfalto. Se iba el 110...
¿En qué estaba? Oh... el azufre. Donde también se instalaba lo amarillo del cielo. Instantáneamente, el fuerte olor atacó mi olfato.
Tapé mi nariz alejándolo. Y con el estruendo de algún ruido lejano, un genio maligno se rió de mí.
Apareció luego, corriendo desde la esquina, un perro negro enorme, que se frenó en seco al borde de la calle. Yo ya estaba en el duro banco de la parada, aguardando el siguiente 110 para ir a algún lado, donde seguramente tenía algo importante que hacer. Apenas me vio, el perro se puso alerta; casi podría asegurar que hizo una mueca de sorpresa. Se paró bien enfrente de mis rodillas y comenzó a ladrar acusadora, pausadamente; casi como un deber cansino.
Le hablé. Le expliqué con palabras claras por qué era políticamente incorrecto dirigirse así a un humano, que se suponía que tenía que ser su mejor amigo. Pero siguió, marcando un pulso casi molesto con su ladrido obstinado.
Lo ignoré los siguientes minutos, mirando de reojo sus movimientos, pero actuando desinteresado. Vi acercase el colectivo amarillo otra vez. Revisé el color del cielo; Sí, sigue siendo de un amarillo absolutamente anormal, afirmé con satisfacción. Atiné a levantarme, y el perro cambió de faz completamente.
Mostró los dientes, se volvió un cerbero, un guardián infernal. Su gruñido odioso retumbó en mi mente e hizo eco todo alrededor. Me retuvo en mi lugar, aterrado, y el 110 volvió a pasar. No despegó sus ojitos negros de mí en ningún momento.
En cuanto la enorme máquina terminó de pasar, el perro, como si nada hubiese sucedido, se fue andando lentamente hacia otro lado, infinitamente más interesado por otra cosa.
Definitivamente, había un genio maligno observando, controlando, esta escena, propia del arte surrealista.
Y como en un ciclo mágico de eventos que se suceden continua y constantemente, esperé otro visitante que tratase de explicarme el mensaje que yo seguía sin captar.
Efectivamente, un viejo se acercó, y se sentó en el otro extremo del banco. Como todos los viejos, era polvoriento y gris. Fijó su vista al frente y me ignoró. Masculló unas palabras para sí mismo, y se refregó las manos. Por algún extraño motivo, necesité comunicarme con él. Decirle que una moneda cósmica tapaba el Sol, que los perros guardaban secretos y acataban órdenes, y que había dejado pasar dos 110. Pero solo logré mirarlo y dejar escapar un leve lamento agudo y lastimoso, casi llorando.
Miró hacia mí, pero su vista no me tocó. Miró a través de mí.
Su mirada duró demasiado; fue un lapso de tiempo incontable. Después de algunos instantes, un tic-tac resonó adentro de mi cerebro, sin que entendiera si era el tiempo en algún reloj, o los latidos de mi corazón. Toda la situación se volvió insostenible. Quise levantarme, huir del viejo, pero algo me paralizó. Vi, detrás de mí, una soga que me retenía. No la había visto allí antes.
El 110 se acercaba de nuevo, y la soga no me dejaba ir. En su extremo, después del momento de fuerza bruta inútil, noté que lo que la mantenía unida al banco, era una llave, que funcionaba como una traba. Al punto pude resolver ese rompecabezas natural, y conseguí liberarme. En vano, puesto que el colectivo amarillo había huido.
El viejo tosió, y siguió indiferente ante mi presencia.
Mi sangre hirvió dentro de mi cuerpo. Subió por mis venas hasta mi cabeza, trayendo un gusto amargo a mi boca, y presión detrás de mis ojos. Un grito escapó de mi garganta. Cada uno de mis cabellos se volvió una púa hiriente clavada en mi cabeza. Todo el cuerpo comenzó a hormiguear, y mi piel dejó de ser mi sustento, para volverse una ahogante camisa de fuerza.
Sin dejar de gritar, y rascarme, y tratar de arrancar las agujas de mi cabeza, me revolcaba en la vereda, y la fricción me daba una ínfima calma. El viejo ni me miraba.
Tiré de sus piernas, me abracé a sus rodillas, suplicante. El viejo ni me miraba. Seguía murmurando y gesticulando.
Mis gritos se transformaron en un sollozo. Algo iba mal, muy mal.
El cielo, ahora techo de mi vida, seguía amarillo. Los árboles seguían sacudiéndose sobre mí. El sol seguía tapado por el aro de arcoiris.
El viejo se levantó y se fue, sin ver todo lo que estaba sucediendo.
Y por el rabillo del ojo vi, en ese fatal momento, cómo, lenta y burlonamente, el 110, volvía a pasar.