Enero 2011
Como el mar.
Violento y hermoso. Profundo.
Se aleja y arrastra todo. Te hunde.
Vuelve a golpearte en un abrazo inmenso. Te llena, te cubre.
Va. Viene. Se aleja, vuelve a uno.
Y cada vez que lo hace, lo hace de manera única.
Lo hace de una manera pasional.
Es transparente, o la furia lo revuelve.
Así mismo. Vos.
Como el mar.
Probablemente...
Hoy perdiste algo precioso. Probablemente nunca te des cuenta.
A cada segundo millones y millones de chances tienen su oportunidad de hacerse realidad, y probablemente las ignores todas.
Todos los momentos de nuestra vida están llenos de momentos mágicos que tenemos que cazar al vuelo, y saborearlos, compartirlos, y hacerlos historia. Probablemente no me creas.
Cada beso, cada sonrisa, cada caricia es única; cada vez que cazamos un arco iris, una tormenta, un color, es irrepetible. Probablemente no lo sepas.
Tal vez recuerdes una tarde de playa, tomado de mi mano y una bandada de gaviotas sobre nuestras cabezas. Probablemente guardes en tu corazón algunos momentos que se resisten al olvido. Es posible que me equivoque.
No creas que soy pesimista. Solo huelo tu miedo.
A cada segundo millones y millones de chances tienen su oportunidad de hacerse realidad, y probablemente las ignores todas.
Todos los momentos de nuestra vida están llenos de momentos mágicos que tenemos que cazar al vuelo, y saborearlos, compartirlos, y hacerlos historia. Probablemente no me creas.
Cada beso, cada sonrisa, cada caricia es única; cada vez que cazamos un arco iris, una tormenta, un color, es irrepetible. Probablemente no lo sepas.
Tal vez recuerdes una tarde de playa, tomado de mi mano y una bandada de gaviotas sobre nuestras cabezas. Probablemente guardes en tu corazón algunos momentos que se resisten al olvido. Es posible que me equivoque.
No creas que soy pesimista. Solo huelo tu miedo.
Carta nº 43
Diciembre 2010
Confusión.
Una rebeldía ciega a no se sabe qué.
Sentimientos contrapuestos. Ganas de... ganas de algo que no se deja reconocer.
Pieles y voces mezclándose en mi; no me dejan pensar. Una de ellas me da la respuesta.
La respuesta en versos extraños.
No tengo mucho más que decirte esta vez. No sé qué decirte esta vez. Así que te dejo los versos que hablan por mí.
I Saw the gap again today
While you were begging me to stay
Take care not to make me enter
If I do we both may disappear
Know that I will choke until I swallow...
Choke this infant here before me.
What is this but my reflection?
Who am I to judge or strike you down?
But you're
Pushing me, shoving me
Pushing me, shoving me
Pushing me, shoving me
Pushing me, shoving me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me
You still love me
You still love me
But you didn't think, pushit on me
You still love me
You still love me
But you didn't think, pushit on me
Rest your trigger on my finger,
bang my head upon the fault line.
You better take care not to make me enter.
'cause if I do we both may disappear.
But your
Pushing pushing me
Pushing pushing me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me!
You still love me
You still love me
But you didn't think, pushit on me
You're pushing and shoving me
pushing and shoving me
I'm slipping back into the gap again.
I'm alive when you're touching me,
Alive when you're shoving me down.
But I'd trade it all
For just a little
Piece of mind.
Pushit on me
Pushit on me
Pushit on me
Pushit on me
Your pushing and shoving
And I'm scrambling
To keep my feet flat on the ground.
I am somewhere I don't wanna be. Here.
Push me somewhere I don't wanna be.
Put me somewhere i don't wanna be.
Seeing someplace I don't wanna see.
Never wanna see that place again.
Saw that gap again today
While you were begging me to stay.
Managed to push myself away,
And you, as well...my dear.
If, when I say I might fade like a sigh if I stay here,
You minimize my movement anyway,
I must persuade you another way.
Pushing and shoving and pushing, shoving me.
There's no love in fear.
Staring down the hole again
Hands are on my back again
Survival is my only friend
Terrified of what may come.
Remember I will always love you,
As I blow your fucking throat away.
It will end no other way.
It will end no other way.
Tuya,
M~
Confusión.
Una rebeldía ciega a no se sabe qué.
Sentimientos contrapuestos. Ganas de... ganas de algo que no se deja reconocer.
Pieles y voces mezclándose en mi; no me dejan pensar. Una de ellas me da la respuesta.
La respuesta en versos extraños.
No tengo mucho más que decirte esta vez. No sé qué decirte esta vez. Así que te dejo los versos que hablan por mí.
I Saw the gap again today
While you were begging me to stay
Take care not to make me enter
If I do we both may disappear
Know that I will choke until I swallow...
Choke this infant here before me.
What is this but my reflection?
Who am I to judge or strike you down?
But you're
Pushing me, shoving me
Pushing me, shoving me
Pushing me, shoving me
Pushing me, shoving me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me
You still love me
You still love me
But you didn't think, pushit on me
You still love me
You still love me
But you didn't think, pushit on me
Rest your trigger on my finger,
bang my head upon the fault line.
You better take care not to make me enter.
'cause if I do we both may disappear.
But your
Pushing pushing me
Pushing pushing me
Pushing and shoving me
Pushing and shoving me!
You still love me
You still love me
But you didn't think, pushit on me
You're pushing and shoving me
pushing and shoving me
I'm slipping back into the gap again.
I'm alive when you're touching me,
Alive when you're shoving me down.
But I'd trade it all
For just a little
Piece of mind.
Pushit on me
Pushit on me
Pushit on me
Pushit on me
Your pushing and shoving
And I'm scrambling
To keep my feet flat on the ground.
I am somewhere I don't wanna be. Here.
Push me somewhere I don't wanna be.
Put me somewhere i don't wanna be.
Seeing someplace I don't wanna see.
Never wanna see that place again.
Saw that gap again today
While you were begging me to stay.
Managed to push myself away,
And you, as well...my dear.
If, when I say I might fade like a sigh if I stay here,
You minimize my movement anyway,
I must persuade you another way.
Pushing and shoving and pushing, shoving me.
There's no love in fear.
Staring down the hole again
Hands are on my back again
Survival is my only friend
Terrified of what may come.
Remember I will always love you,
As I blow your fucking throat away.
It will end no other way.
It will end no other way.
Tuya,
M~
Carta nº 42
La carta llegó como Noviembre. Simplemente llegó. Un día no existía, al otro día estaba allí, tímidamente asomada a la vida.
Es un noviembre extraño.
Se siente casi como madurar.
Te extraño este noviembre más que otros, porque te extraño a conciencia. Extraño charlar con vos, extraño tu risa. Extraño la forma en que miras. Sí, así como lo digo. Extraño oírte tocar, oírte cantar bajito. Extraño las charlas en la cama, los cafés en la mañana, y los besos robados al pasar.
Extraño todo lo que te convierte en vos.
Y se convirtió en algo raro todo esto. Es distinto, de alguna manera. Hasta siento que las lagrimas se me caen, y las cargo con cierta... dignidad.
Reemplacé el sentimiento de vulnerabilidad por una cierta esperanza vaga, un sueño mentiroso, un "alguna vez". Porque después de todo, ¿quien sabe?
Y no hay mucho que decir para un Noviembre que llegó y se fue, casi que se escapó. Así que no voy a decir mucho, porque "extrañarte" es un verbo pronominal que tiene una letra más que Noviembre, así que resume mejor.
Algún día nos vamos a sentir menos solos...
For every heart there’s a spell
And for every blind man, a heart
Cause every spell is made of love
And love is a way to feel less alone
M~
Post Scriptum: Sigo sin poder terminar la novela para vos...
Es un noviembre extraño.
Se siente casi como madurar.
Te extraño este noviembre más que otros, porque te extraño a conciencia. Extraño charlar con vos, extraño tu risa. Extraño la forma en que miras. Sí, así como lo digo. Extraño oírte tocar, oírte cantar bajito. Extraño las charlas en la cama, los cafés en la mañana, y los besos robados al pasar.
Extraño todo lo que te convierte en vos.
Y se convirtió en algo raro todo esto. Es distinto, de alguna manera. Hasta siento que las lagrimas se me caen, y las cargo con cierta... dignidad.
Reemplacé el sentimiento de vulnerabilidad por una cierta esperanza vaga, un sueño mentiroso, un "alguna vez". Porque después de todo, ¿quien sabe?
Y no hay mucho que decir para un Noviembre que llegó y se fue, casi que se escapó. Así que no voy a decir mucho, porque "extrañarte" es un verbo pronominal que tiene una letra más que Noviembre, así que resume mejor.
Algún día nos vamos a sentir menos solos...
For every heart there’s a spell
And for every blind man, a heart
Cause every spell is made of love
And love is a way to feel less alone
M~
Post Scriptum: Sigo sin poder terminar la novela para vos...
Carta nº 41
Octubre 2010
Esta carta es inesperada. Hace 11 meses que se puso el punto final y se levantó el lápiz de la número 40, y en ese momento, no imaginaba que iba a ser la última. Lo fue por algún tiempo, al menos.
Qué extraño el sucederse de los hechos. Qué inesperados, mas felizmente recibidos. De ahí que esta carta no sea bienvenida, y, aunque inesperada, un tanto planificada.
Hace semanas que sé que este es un paso necesario de alguna manera, para esta prueba. Pero después de 40 cartas interrumpidas, ¿a quién no lo consume cierta resistencia al inevitable hecho de que es tiempo de una nueva?
Es un nuevo octubre, es un nuevo tiempo; un momento, solo espero.
Como alguna vez te dije, pasa el tiempo tras tu ventana, y las letras siguen siendo solo letras. Y agrego ahora, ¡tan cambiadas!
Y es que... es difícil empezar otra vez. Hay un sentimiento de desolación que no es el mismo, una resignación vaga. Hay mucha duda, y durante el último mes, mucha inacción. Porque es un misterio lo que vendrá, pero enmarcado en ciertos parámetros.
No puedo refugiarte ya en la muerte. No puedo ya evitarte. No puedo, más aun, justificar.
¿Entonces, qué queda?
¿Esperar que la ventana estalle, que una nueva profilaxis se rompa?
Hay muchas certezas que reniegan de esta carta, y se clavan en alguna carne débil.
Hay un amor torcido. Hay encuentros, hay cierto entendimiento mudo. Un demonio ciego, sordo y mudo, que se llama a sí mismo "nosotros"
Fueron 11 meses de aprender. De responder a todas las preguntas de las 40 cartas anteriores. De recuperar, de construir, de descubrir, de destruir. De olvidar.
Y ahora no se puede decir de qué es tiempo. Esta vez lo voy a afirmar: no sé si habrá una carta 42, o si esta vendrá dentro de más tiempo. La sola existencia de ésta habla de las contingencias del tiempo. De una molesta incertidumbre, como castigo a todo lo que me sosegué. Es tiempo de entregarse a ello, tal vez.
Y cada día que pienso, saco una conclusión distinta. Debe ser eso. Cada día me despierto pensándote, como en cada carta, pensando en cada beso. Y es que pienso que debe haber algo especial que crea esto. Y tampoco puedo entenderlo.
No me queda mucho por hacer, más que agradecer estos 11 meses, y ver qué sucede, ser ese testigo que soy para todo en la vida, y soñar.
Al menos ahora sé que no estás muerto, y cada tanto, me contento con verte sonreír. Y todo eso, para mí, es un milagro.
Esta carta es inesperada. Hace 11 meses que se puso el punto final y se levantó el lápiz de la número 40, y en ese momento, no imaginaba que iba a ser la última. Lo fue por algún tiempo, al menos.
Qué extraño el sucederse de los hechos. Qué inesperados, mas felizmente recibidos. De ahí que esta carta no sea bienvenida, y, aunque inesperada, un tanto planificada.
Hace semanas que sé que este es un paso necesario de alguna manera, para esta prueba. Pero después de 40 cartas interrumpidas, ¿a quién no lo consume cierta resistencia al inevitable hecho de que es tiempo de una nueva?
Es un nuevo octubre, es un nuevo tiempo; un momento, solo espero.
Como alguna vez te dije, pasa el tiempo tras tu ventana, y las letras siguen siendo solo letras. Y agrego ahora, ¡tan cambiadas!
Y es que... es difícil empezar otra vez. Hay un sentimiento de desolación que no es el mismo, una resignación vaga. Hay mucha duda, y durante el último mes, mucha inacción. Porque es un misterio lo que vendrá, pero enmarcado en ciertos parámetros.
No puedo refugiarte ya en la muerte. No puedo ya evitarte. No puedo, más aun, justificar.
¿Entonces, qué queda?
¿Esperar que la ventana estalle, que una nueva profilaxis se rompa?
Hay muchas certezas que reniegan de esta carta, y se clavan en alguna carne débil.
Hay un amor torcido. Hay encuentros, hay cierto entendimiento mudo. Un demonio ciego, sordo y mudo, que se llama a sí mismo "nosotros"
Fueron 11 meses de aprender. De responder a todas las preguntas de las 40 cartas anteriores. De recuperar, de construir, de descubrir, de destruir. De olvidar.
Y ahora no se puede decir de qué es tiempo. Esta vez lo voy a afirmar: no sé si habrá una carta 42, o si esta vendrá dentro de más tiempo. La sola existencia de ésta habla de las contingencias del tiempo. De una molesta incertidumbre, como castigo a todo lo que me sosegué. Es tiempo de entregarse a ello, tal vez.
Y cada día que pienso, saco una conclusión distinta. Debe ser eso. Cada día me despierto pensándote, como en cada carta, pensando en cada beso. Y es que pienso que debe haber algo especial que crea esto. Y tampoco puedo entenderlo.
No me queda mucho por hacer, más que agradecer estos 11 meses, y ver qué sucede, ser ese testigo que soy para todo en la vida, y soñar.
Al menos ahora sé que no estás muerto, y cada tanto, me contento con verte sonreír. Y todo eso, para mí, es un milagro.
El Círculo (Delirio)
Miró el círculo perfecto sostenido entre el pulgar y el índice. Tan pequeño…
-¿No hay retorno después de esto, cierto?
Una sonrisa que flotaba en el aire se amplió tentándome. Pronunció una pícara negación.
Puso el círculo tapando la luz de la sucia lamparita que colgaba de sus cables.
Una línea infinita; no hay comienzo, no hay final. Una figura perfecta. No había vuelta atrás. Un inicio que solo se reconocía antes de ella, pero que luego se desdibujaba en un espiral de delirios, de pasos, de agujeros de gusano. Una nueva visión del tiempo.
El círculo se hizo uno con ella.
Por un momento todo estuvo bien. Todo su mundo siguió igual. Era la despedida.
Pero en cuánto traspasó esa puerta, nada fue lo mismo. La música enturbiada explotó con detalles y colores. Estaba dentro, y estaba afuera. Estaba en todo. La penumbra no dejaba que viera colores, pero sabía bien que le hablarían luego de otras realidades.
"Llevada por un interés igual hacia todas las cosas que cruzaban mi vista, llegué a una galería. Era un pasillo que daba al patio, donde había unos sillones, pero también había vidrieras. Me senté en el sillón, y al lado mío, se aparició un hombre de barbas blancas y enruladas, vestido con una túnica. Estuve a punto de apelar en contra de su estilo, pero al mirar alrededor, no encontré mejores ejemplos del buen vestir. Eso también había desaparecido. Así que solo le sonreí, como para iniciar una conversación. No estaba segura de poder hablar, y tampoco era buena iniciando conversaciones.
-Yo soy Tiresias- dijo. –El delirante.
Estuve a punto de reírme, pero, ¿qué le iba a decir? Éramos todos así…
-No, - me dijo. –Soy un delirante con muchos años de experiencia. No me hice de una reputación para que llames delirante a cualquiera que pueda liberarse de sus sentidos.
Lo miré como si fuese muy importante lo que decía, pero en verdad, habían sido solo sonidos que se unían con la música del futuro.
-¿Te acordás cuando me acompañaste a ver al osado viajero? El que sostenía la espada sobre la sangre y me pedía respuestas a preguntas que estaban en su cabeza.
-Claro… Y después la horda de mujeres llorosas…
-Claro. Soy un delirante. Puedo ser partícipe del pasado, presente y futuro, en una acción.
Me levanté y fui a buscar algo. No sé qué. Había muchas puertas, y en la primera que abrí, había un aire fresco, y luz del día. En un escritorio, un hombre de grandes bigotes leía unas notas. Me invitó a pasar con un gesto, y me senté en uno de los sillones de cuero marrón.
-Psicosis. – dijo, asintiendo exageradamente con la cabeza. –Una confusión mental. ¡Incongruente!, ¡Incorregible!, ¡Inadecuada!
Y eso fue más de lo que podía manejar. Así que me fui, así como había llegado. Y seguí por la siguiente puerta. Esa sí que me sorprendió. Estaba la sonrisa voladora de nuevo, dando vueltas alrededor de una estatua de mi persona. En cuanto me acerqué, comenzó a caerse en pequeños pedazos. Con cierta desesperación empecé a sostenerla, pero lo único que hacía era poner mis dos manos sobre la cara. La sonrisa mostraba sus dientes y reía, y todo parecía un remolino que subía y que bajaba pero no dejaba de girar y girar. Por ese momento recordé el Maelstrom, y si cerraba los ojos podía sentir el agua y el viento pegando en mi cara; seguía sosteniendo la otra cara, por las dudas.
Cuando paró, pude ver que la cara estaba intacta. Mi plan había funcionado. Pero no. La cara ya no se parecía a la mía. Apareció detrás el hombre del bigote, y giró observando la escena como si estuviese en un museo.
-Es un claro mecanismo de defensa frente al derrumbe de la estructura del Yo. Pero ya no tienes identidad.
Me dio un pedazo de plastilina, y se fue caminando por un rincón donde parecía haber un jardín. Lo seguí, con intensión de ver de qué se trataba la masa. La estatua cayó, y se hizo pedazos en el suelo, que quedó lleno de cubos de azúcar, de los que nunca había visto.
En el jardín había agricultores. Había surcos, de los que se hacen para sembrar, pero todos los hombres allí presentes eran en realidad maníacos con camisas de fuerza que pisoteaban los montones de tierra y corrían en sentido transversal a los surcos, tropezando, llenándose de barro y babeando fuera de sí.
No. No quería estar allí. El hombre del bigote parecía disfrutarlo. Cuando me estaba yendo, se acercó de nuevo a mí y algo extraño sucedió. Su rostro comenzó a cambiar, como si fuese de goma, pero más líquido. Lo único que permanecía en su lugar, era el bigote de cepillo, lustroso, que dejaba distinguir cada vello como uno grueso y liso. Se aclaró la garganta, haciéndome notar que no era agradable estar mirando su vello facial con tanto interés. Pero entonces era otro. Uno de rostro divertido.
-Soy justo lo que necesitas. – dijo. Se le patinaban las erres, no sé si porque era francés, o porque… porque sí. Pero no había dicho ninguna erre…
-Justo por eso. Hay que aprender el lenguaje adecuado. –dijo, para mi sorpresa.
-¿Qué pasa acá?, ¿Acaso todos pueden leerme la mente? – pregunté indignada.
Todos los que estaban en el lugar señalaron mi cabeza. Sobre ella había un cartel con luces naranjas, en el cuál iba pasando todo este relato.
Basta, basta, basta. Nada de leer mis historias. Nada de contar mis historias.
Me subí a un auto que me llevó por un camino. Mi vida pasó frente a mis ojos, como le pasa a los que están muriendo.
Yo sabía que no era así. Estaba pasando al otro lado.
El túnel con la luz, y todas las imágenes de tu vida compaginadas en un moderno corto, son lo mismo que el delirio. Ambos sirven para pasar al otro lado."
M~
-¿No hay retorno después de esto, cierto?
Una sonrisa que flotaba en el aire se amplió tentándome. Pronunció una pícara negación.
Puso el círculo tapando la luz de la sucia lamparita que colgaba de sus cables.
Una línea infinita; no hay comienzo, no hay final. Una figura perfecta. No había vuelta atrás. Un inicio que solo se reconocía antes de ella, pero que luego se desdibujaba en un espiral de delirios, de pasos, de agujeros de gusano. Una nueva visión del tiempo.
El círculo se hizo uno con ella.
Por un momento todo estuvo bien. Todo su mundo siguió igual. Era la despedida.
Pero en cuánto traspasó esa puerta, nada fue lo mismo. La música enturbiada explotó con detalles y colores. Estaba dentro, y estaba afuera. Estaba en todo. La penumbra no dejaba que viera colores, pero sabía bien que le hablarían luego de otras realidades.
"Llevada por un interés igual hacia todas las cosas que cruzaban mi vista, llegué a una galería. Era un pasillo que daba al patio, donde había unos sillones, pero también había vidrieras. Me senté en el sillón, y al lado mío, se aparició un hombre de barbas blancas y enruladas, vestido con una túnica. Estuve a punto de apelar en contra de su estilo, pero al mirar alrededor, no encontré mejores ejemplos del buen vestir. Eso también había desaparecido. Así que solo le sonreí, como para iniciar una conversación. No estaba segura de poder hablar, y tampoco era buena iniciando conversaciones.
-Yo soy Tiresias- dijo. –El delirante.
Estuve a punto de reírme, pero, ¿qué le iba a decir? Éramos todos así…
-No, - me dijo. –Soy un delirante con muchos años de experiencia. No me hice de una reputación para que llames delirante a cualquiera que pueda liberarse de sus sentidos.
Lo miré como si fuese muy importante lo que decía, pero en verdad, habían sido solo sonidos que se unían con la música del futuro.
-¿Te acordás cuando me acompañaste a ver al osado viajero? El que sostenía la espada sobre la sangre y me pedía respuestas a preguntas que estaban en su cabeza.
-Claro… Y después la horda de mujeres llorosas…
-Claro. Soy un delirante. Puedo ser partícipe del pasado, presente y futuro, en una acción.
Me levanté y fui a buscar algo. No sé qué. Había muchas puertas, y en la primera que abrí, había un aire fresco, y luz del día. En un escritorio, un hombre de grandes bigotes leía unas notas. Me invitó a pasar con un gesto, y me senté en uno de los sillones de cuero marrón.
-Psicosis. – dijo, asintiendo exageradamente con la cabeza. –Una confusión mental. ¡Incongruente!, ¡Incorregible!, ¡Inadecuada!
Y eso fue más de lo que podía manejar. Así que me fui, así como había llegado. Y seguí por la siguiente puerta. Esa sí que me sorprendió. Estaba la sonrisa voladora de nuevo, dando vueltas alrededor de una estatua de mi persona. En cuanto me acerqué, comenzó a caerse en pequeños pedazos. Con cierta desesperación empecé a sostenerla, pero lo único que hacía era poner mis dos manos sobre la cara. La sonrisa mostraba sus dientes y reía, y todo parecía un remolino que subía y que bajaba pero no dejaba de girar y girar. Por ese momento recordé el Maelstrom, y si cerraba los ojos podía sentir el agua y el viento pegando en mi cara; seguía sosteniendo la otra cara, por las dudas.
Cuando paró, pude ver que la cara estaba intacta. Mi plan había funcionado. Pero no. La cara ya no se parecía a la mía. Apareció detrás el hombre del bigote, y giró observando la escena como si estuviese en un museo.
-Es un claro mecanismo de defensa frente al derrumbe de la estructura del Yo. Pero ya no tienes identidad.
Me dio un pedazo de plastilina, y se fue caminando por un rincón donde parecía haber un jardín. Lo seguí, con intensión de ver de qué se trataba la masa. La estatua cayó, y se hizo pedazos en el suelo, que quedó lleno de cubos de azúcar, de los que nunca había visto.
En el jardín había agricultores. Había surcos, de los que se hacen para sembrar, pero todos los hombres allí presentes eran en realidad maníacos con camisas de fuerza que pisoteaban los montones de tierra y corrían en sentido transversal a los surcos, tropezando, llenándose de barro y babeando fuera de sí.
No. No quería estar allí. El hombre del bigote parecía disfrutarlo. Cuando me estaba yendo, se acercó de nuevo a mí y algo extraño sucedió. Su rostro comenzó a cambiar, como si fuese de goma, pero más líquido. Lo único que permanecía en su lugar, era el bigote de cepillo, lustroso, que dejaba distinguir cada vello como uno grueso y liso. Se aclaró la garganta, haciéndome notar que no era agradable estar mirando su vello facial con tanto interés. Pero entonces era otro. Uno de rostro divertido.
-Soy justo lo que necesitas. – dijo. Se le patinaban las erres, no sé si porque era francés, o porque… porque sí. Pero no había dicho ninguna erre…
-Justo por eso. Hay que aprender el lenguaje adecuado. –dijo, para mi sorpresa.
-¿Qué pasa acá?, ¿Acaso todos pueden leerme la mente? – pregunté indignada.
Todos los que estaban en el lugar señalaron mi cabeza. Sobre ella había un cartel con luces naranjas, en el cuál iba pasando todo este relato.
Basta, basta, basta. Nada de leer mis historias. Nada de contar mis historias.
Me subí a un auto que me llevó por un camino. Mi vida pasó frente a mis ojos, como le pasa a los que están muriendo.
Yo sabía que no era así. Estaba pasando al otro lado.
El túnel con la luz, y todas las imágenes de tu vida compaginadas en un moderno corto, son lo mismo que el delirio. Ambos sirven para pasar al otro lado."
M~
Tributo a Cortazar
Breve respuesta al capítulo de Rayuela donde la maga escribe a Rocamadour. Hecho para el taller literario :D
Mamá, mi linda mamá, en el espejo, mamá:
Ahora soy yo el que está en París. Tu Rocamadour en París, mamá. Y vos en el Uruguay, con un hombre, o con Perico, o con Horario, o con otro. Tal vez ellos no tengan frío, pero yo pasé ya muchas noches sin mi mamá en el espejo para que me abrigues.
No escribo para que sepas de mí. No escribo para decirte que estudio, que tengo novia o que me mudé a un lindo piso del Boulevard Saint Germain. No escribo porque me aburría de mirar una pared pintada de beige, ni un piso con baldosas cuadraditas blancas, negras, blancas, negras, blancas, negras, blancas… No sé por qué escribo. Acá en París todos escriben, o hacen como que escriben. Te miran de reojo para ver si los espias, y ponen caras de inspiración, o de complicación, o de constipación. Otros hacen que pintan. Manchas y manchas y manchas, y si no te gusta te dicen que es el fondo. Yo no hago nada de eso mamá. Rocamadour no pinta, y solo escribe a mamá.
La gente afuera se cubre las orejas con pompones. Dicen que es para pensar mejor. Yo creo que es por el frío. A veces se hacen los ahorcados con unos echarpes y esconden las manos como si hubiesen robado manzanas. Las narices no dejan de llorar dondequiera que vaya. Yo creo que es por el frío. Las bocas se prenden fuego y largan un humo largo cada vez que hablan, o se saludan. No lo pueden ocultar, y por eso suspiran, y más humo se escapa. Yo creo que es por el frío.
Por las noches, mamá, me gusta sentarme en la puerta de un museo y mirarlo apagado. Solo y abandonado por sus fieles. A Rocamadour le gusta el museo, aunque se siente un poco tonto cuando se ríe de algún garabato y la gente lo mira mal. Por eso me gusta por las noches, mamá. La gente no se ríe de mí cuando me río de los dibujitos. Cuando el museo está solo me parece distinto. Es como más mi amigo. Y está solito, así que no le importa si me río de sus dibujitos.
En el bar también hay muchos hombres con caras serias. Hablan con palabras difíciles, tuercen las bocas y fruncen el seño. Discuten y discuten. Yo les tengo respeto. Seguro que deciden cosas importantes. Siempre toman cosas fuertes. Y terminan gritando. Hablan un poco más fuerte que el que habló antes, y terminan gritando. Al final, mamá, se sujetan las manos, las sacuden, y se van.
Esos son, mamá, los mismos hombres que después se vuelven malignos, y me aumentan los precios. Me tuve que ir del piso de la Rue Richer, que era tan lindo con esa ventana con marquitos de angelitos. Me tuve que ir y ahora extraño los pisos con maderitas, y a la vecina con manos de papel que hacía facturas. Me llenaba la cocina de olor. Si venía alguien pensaba que tu Rocamadour era un excelso cocinero. Me tuve que ir porque el dueño se puso furioso por una alimaña entre la escalera y el ascensor. El mismo día prendió de la puerta una cartulina roja, y con una fea letra marrón, escribió algo así como que subían los precios. Eran unos números de los que ya no te reís, cuando hay que contar billetes.
Entonces mamá. Entonces no sé si me voy a quedar acá. A lo mejor mañana escribo de nuevo porque me olvidé de lo que hice hoy. Tal vez esta noche haga una sopa de hongos de una receta que me dio el celador. Capaz que vaya a la cafetería a ver a las muchachas que sirven el café. Es probable que mire y cuente los granitos de la pared. Hay posibilidades de que me envuelva en una frazada y me haga un gusanito, o que hunda en el espejo esperando ver a mi mamá, a vos mamá.
Mamá, mi linda mamá, en el espejo, mamá:
Ahora soy yo el que está en París. Tu Rocamadour en París, mamá. Y vos en el Uruguay, con un hombre, o con Perico, o con Horario, o con otro. Tal vez ellos no tengan frío, pero yo pasé ya muchas noches sin mi mamá en el espejo para que me abrigues.
No escribo para que sepas de mí. No escribo para decirte que estudio, que tengo novia o que me mudé a un lindo piso del Boulevard Saint Germain. No escribo porque me aburría de mirar una pared pintada de beige, ni un piso con baldosas cuadraditas blancas, negras, blancas, negras, blancas, negras, blancas… No sé por qué escribo. Acá en París todos escriben, o hacen como que escriben. Te miran de reojo para ver si los espias, y ponen caras de inspiración, o de complicación, o de constipación. Otros hacen que pintan. Manchas y manchas y manchas, y si no te gusta te dicen que es el fondo. Yo no hago nada de eso mamá. Rocamadour no pinta, y solo escribe a mamá.
La gente afuera se cubre las orejas con pompones. Dicen que es para pensar mejor. Yo creo que es por el frío. A veces se hacen los ahorcados con unos echarpes y esconden las manos como si hubiesen robado manzanas. Las narices no dejan de llorar dondequiera que vaya. Yo creo que es por el frío. Las bocas se prenden fuego y largan un humo largo cada vez que hablan, o se saludan. No lo pueden ocultar, y por eso suspiran, y más humo se escapa. Yo creo que es por el frío.
Por las noches, mamá, me gusta sentarme en la puerta de un museo y mirarlo apagado. Solo y abandonado por sus fieles. A Rocamadour le gusta el museo, aunque se siente un poco tonto cuando se ríe de algún garabato y la gente lo mira mal. Por eso me gusta por las noches, mamá. La gente no se ríe de mí cuando me río de los dibujitos. Cuando el museo está solo me parece distinto. Es como más mi amigo. Y está solito, así que no le importa si me río de sus dibujitos.
En el bar también hay muchos hombres con caras serias. Hablan con palabras difíciles, tuercen las bocas y fruncen el seño. Discuten y discuten. Yo les tengo respeto. Seguro que deciden cosas importantes. Siempre toman cosas fuertes. Y terminan gritando. Hablan un poco más fuerte que el que habló antes, y terminan gritando. Al final, mamá, se sujetan las manos, las sacuden, y se van.
Esos son, mamá, los mismos hombres que después se vuelven malignos, y me aumentan los precios. Me tuve que ir del piso de la Rue Richer, que era tan lindo con esa ventana con marquitos de angelitos. Me tuve que ir y ahora extraño los pisos con maderitas, y a la vecina con manos de papel que hacía facturas. Me llenaba la cocina de olor. Si venía alguien pensaba que tu Rocamadour era un excelso cocinero. Me tuve que ir porque el dueño se puso furioso por una alimaña entre la escalera y el ascensor. El mismo día prendió de la puerta una cartulina roja, y con una fea letra marrón, escribió algo así como que subían los precios. Eran unos números de los que ya no te reís, cuando hay que contar billetes.
Entonces mamá. Entonces no sé si me voy a quedar acá. A lo mejor mañana escribo de nuevo porque me olvidé de lo que hice hoy. Tal vez esta noche haga una sopa de hongos de una receta que me dio el celador. Capaz que vaya a la cafetería a ver a las muchachas que sirven el café. Es probable que mire y cuente los granitos de la pared. Hay posibilidades de que me envuelva en una frazada y me haga un gusanito, o que hunda en el espejo esperando ver a mi mamá, a vos mamá.
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